Solo hay un punto en el que todos están de acuerdo sobre el tratado comercial entre el Mercosur y la Unión Europea: se trata de una instancia “histórica”. A partir de allí, empiezan las desavenencias sobre si será beneficioso o perjudicial para la economía, y si implica un refuerzo al esquema global de multilateralismo o, por el contrario, debe ser considerado un avance contra las burocracias internacionales.
Como botón de muestra, el mismo día en que el presidente brasileño Lula da Silva anunciaba el acuerdo junto a Úrsula von der Leyen, presidente de la Comisión Europea, volvían a producirse protestas violentas de agricultores en España y Francia, que se quejan de que productos sudamericanos, como la carne vacuna, no cumplen con los estándares sanitarios europeos.
También hubo quienes desde Europa destacaron el hecho de que, el mismo día, la automotriz china BYD compró una planta en Brasil, lo cual despertó temores de que el acuerdo sirva como método de “triangulación” comercial desde China hacia la UE.
Mercosur – UE y un choque de discursos
Mientras, en Argentina, la Unión Industrial celebró el acuerdo, pero advirtió que implicará la necesidad de que el gobierno garantice una mejora de la competitividad a las empresas locales que ahora enfrentarán la competencia europea. Todos entienden el mensaje entrelíneas: no habrá forma de que los industriales argentinos compitan sin una baja de impuestos y sin un peso menos apreciado.
Si bien esas advertencias de los industriales locales son permanentes, el “timing” de este acuerdo parece particularmente incómodo: justo se acaba de conocer el dato del uso de capacidad instalada en el sector fabril, y el 57,7% confirmó que se está en uno de los peores registros de la historia reciente. En casos particularmente sensibles, como el rubro textil, el desplome llega al 29,2%.
El discurso oficial presenta el acuerdo como una oportunidad: el canciller Pablo Quirno destacó que ahora habrá acceso a un mercado de 450 millones de consumidores, con un alto ingreso per capita y que produce un 15% del PBI mundial.
La proyección oficial es que las ventas del Mercosur hacia Europa crecerán un 39%, mientras que las importaciones lo harán un 17%. De todas formas, los expertos advierten que la apertura será gradual -el cronograma de desgravación arancelaria para algunos productos llega a 10 años- por lo que no debe esperarse un impacto comercial inmediato.
El campo argentino, con cautela frente al acuerdo con la UE
Lo llamativo es que incluso quienes se encuentran en el sector “ganador” del acuerdo -los agricultores y productores ganaderos- se muestran cautelosos. “Si para cumplir una cuota miserable de carne hay que prohibir OGMs (organismos genéticamente modificados) o fitosanitarios, el negocio es pésimo”, advierte José Antonio Álvarez, uno de los productores más influyentes en las redes sociales.
Y esos temores no se limitan a los agricultores, sino que también entre economistas y diplomáticos hay quienes comparten esas advertencias. Por caso, Martín Redrado, ex vicecanciller, consideró que el acuerdo “tiene más valor simbólico-político que económico”. Contra el discurso oficial, argumenta que en el rubro agrícola no sólo no habrá libre comercio sino que cada producto tendrá cupos de exportación y que, además, se agregará la práctica inédita de que la UE se reserve el derecho de levantar salvaguardias.
La referencia es a la cláusula que le permite a la UE suspender de inmediato importaciones del Mercosur si se produce una desestabilización del mercado agrícola europeo. Y para que se active esta salvaguarda, que implica un arancel del 5%, no es necesario que se vote por mayoría en la UE, sino que alcanza con que un solo Estado miembro la solicite. Es un punto que tiene casi nombre propio: Francia, que lideró el bloque minoritario que votó en contra del acuerdo y teme una crisis política por las protestas de sus combativos agricultores.
Peor aun son los temores sobre que el acuerdo implique la imposición de regulaciones en materia de pesticidas, alimentación animal y uso de antibióticos, que se aplican en UE y se podrían exigir al Mercosur como “medida espejo”. Los productores locales creen que bajo esa bandera de cuidado sanitario puede esconderse un retroceso que afecte la productividad del campo argentino.
Acuerdo Mercosur – UE y la batalla por la interpretación política
Pero, más allá de las discusiones sobre la letra del acuerdo, el otro gran debate es la significación geopolítica. Y tampoco en ese punto hay consenso. Para el brasileño Lula lo que se está firmando representa un triunfo del multilateralismo contra el aislacionismo. Es decir, todo lo opuesto a la visión geopolítica de Donald Trump y sus aliados.
“La interdependencia es una necesidad y una realidad. Sólo el trabajo conjunto entre estados y bloque puede promover la paz, prevenir atrocidades y hacer frente a los peores efectos del cambio climático”, escribió el presidente en un artículo difundido en la prensa argentina.
Es una interpretación que contrasta con la de Javier Milei, quien en la última cumbre presidencial de Foz do Iguazú, lejos de abogar por un refuerzo del Mercosur, se quejó de la excesiva burocracia del bloque regional, e insinuó que se ha desvirtuado su sentido original, al punto que se transformó en un mecanismo de proteccionismo comercial.
Y, tras señalar el triunfo de gobiernos liberales en países como Chile y Bolivia, advirtió a sus colegas: “O el bloque comienza a acompañar esta nueva realidad o quedará atrapado en una inercia que el mundo ya dejó atrás”.
Para Milei, el Mercosur debe adoptar una estrategia de apertura, que no impida a sus países miembros avanzar en otros acuerdos de manera individual. Como, de hecho, está haciendo Argentina con Estados Unidos.
Mercosur: un bloque cerrado
El cierre del Mercosur sobre sí mismo ha sido criticado por los expertos. El bloque tiene un ratio de comercio exterior de menos de 30% del PBI, mientras que el promedio latinoamericano es de 47%, el mundial es 58% y el europeo es 86%.
“El Mercosur ha fomentado hasta hoy el comercio entre sus miembros pero logró escasa vinculación fuera del mismo con terceros (Brasil y Argentina, sus principales miembros, son desde hace varios años unos de los 15 países comercialmente más cerrados del planeta). La alta escala arancelaria del bloque ha fomentado quietud internacional”, apuntó Marcelo Elizondo, uno de los consultores más escuchados en materia de comercio exterior.
Lo cierto es que, más allá de los discursos de satisfacción por el final de una negociación de 25 años, sigue predominando cierto escepticismo. Todavía faltan pasos formales, como las aprobaciones de cada parlamento nacional. Y, en lo que respecta a Brasil, donde hay un poderoso lobby industrial, no parece fácil que la apertura se produzca sin resistencias.
Milei, entre Trump y la “agenda woke”
¿Qué rol juega Milei en esta instancia? En lo formal, su discurso es de respaldo total al acuerdo, al que presentará como una victoria de las ideas liberales sobre el proteccionismo de inspiración keynesiana.
De hecho, en estas horas hubo peleas por llevarse el mérito del acuerdo. Por caso, simpatizantes de Mauricio Macri argumentaron que el verdadero punto de inflexión fue el pre acuerdo de 2019, que dejó la recordada escena del canciller Jorge Faurie con la voz entrecortada por el llanto, informándole a Macri sobre el acuerdo.
De todas formas, la fecha que quedará en la historia será la del 17 de enero de 2026. Y el hecho de que Lula esté ausente en la firma de Asunción le dejará a Milei un lugar de protagonismo como líder de una región que se está volcando hacia la derecha en el arco político.
Es una situación no exenta de riesgos políticos para el presidente argentino: debe elogiar el acuerdo con la UE pero, al mismo tiempo, mantener su postura crítica hacia la burocracia de los organismos multilaterales, el proteccionismo ambientalista y la “agenda woke”.
Y, por cierto, no puede quedar atado a posturas que siembren la duda sobre su alineamiento total con la política exterior de Trump, algo que abarca desde la intervención militar en Venezuela hasta la suba de aranceles de manera discrecional.
El mensaje para el público argentino
Además de cuidar las señales que serán observadas desde Washington, Milei tiene el desafío de presentar el acuerdo como algo beneficioso para la población argentina, justo en un momento en el que la oposición está viendo en el desempleo industrial una veta para explotar el malhumor social.
Algunos sectores del peronismo tradicional han recelado históricamente del acuerdo con la UE. Tanto que Alberto Fernández, en 2019, lo utilizó como argumento de campaña electoral, argumentando que afectaría al trabajo argentino.
Otros sectores peronistas se muestran más proclives a avanzar en las tratativas con Estados Unidos, al tiempo que se desestimule el comercio con otras potencias.
“La política exterior está a la deriva. Vamos a tener problemas con los americanos: Trump ya advirtió que el libre comercio con China es un límite”, protestó el diputado Miguel Pichetto, corriendo “por derecha” al gobierno tras la noticia de el arribo de un barco con 7.000 autos eléctricos de origen chino.
El propio ministro de economía, Toto Caputo, se vio obligado a aclarar que esa importación había sido acordada con las automotrices locales, que las compras a China no pasará del 50% del total de autos eléctricos, y que se está impulsando proyectos para fabricar aquí camionetas de ese tipo.
Pero acaso el punto que más afecta a Milei sea el de los temores industriales. Y se abre una oportunidad política: el acuerdo con la UE implica una obligada mejora en la competitividad de las empresas argentinas. Algo que el presidente quiere que le ayude a imponer su agenda de reformas en los planos laboral, impositivo y regulatorio, cuya consecuencia, según la visión oficial, será una baja en los costos de producción y un menor riesgo a la hora de tomar crédito, invertir y contratar personal.
Para el presidente, la estrategia es que el nuevo escenario le sume apoyo empresarial al debate que se está por definir en el Congreso.
