Resetear. El término lo usó Eduardo Coudet, el entrenador que durante la nochecita del jueves estará comenzando una nueva era. La del segundo postgallardismo, que nada tiene que ver con aquel primer éxodo del Muñeco.
Ni emocional ni futbolísticamente.
Hubo ánimos quebrados, una eufemística “falta de respuestas” que decantó en que Marcelo Gallardo decidiera salir y una reprobación popular casi sin comparación en la historia reciente del club. Eso no podía seguir así. Y por eso el diagnóstico de Chacho fue preciso: no queda otra que empezar de cero.
Resetear, pues, ha sido la consigna de un Coudet que de algún modo intentó ir presionando ese botoncito que resolvía todos los problemas en las CPU con Windows 98. A eso apuntó el ceremonial interno de los siete últimos días. Las charlas individuales y grupales, la intensidad en los trabajos siempre cerca de los futbolistas, el discurso inicial pidiendo una amnistía hacia los futbolistas más resistidos para que no cargaran con el peso del fracaso anterior, el mimo verbal de reconocer que “a muchos los he querido tener, pero no tuve plata”. Todo fue parte de la estrategia de EC para restablecer emocionalmente al grupo.
Al mismo tiempo que le empezó a dar su impronta: consignas claras (los pases, firmes; la pelota al ras; la búsqueda volcánica para presionar en el último tercio) y la eventual apuesta por recuperar toda esa jerarquía que salió muchos millones de dólares. Y que no rindió bajo los estándares de Gallardo.
Dudas que son señales
Coudet, en acción (Prensa River).
Que una de las dudas que mantenga Coudet para esta primera función se plantee entre Maxi Salas y Facundo Colidio, ambos presumiblemente por encima de los chicos que rindieron en el último partido de la era MG (Ian Subiabre y Joaquín Freitas) es un síntoma de lo que Chacho quiere: devolverles la confianza y la expectativa de éxito a los refuerzos que llegaron a través de apuestas importantes (valuadas en varios ceros) y que -entiende el cuerpo técnico- tienen espalda para recomponerse.
El plantel en el Camp. Prensa River.
“No miro documentos, nacionalidad, edades, no miro nada: juega el que mejor está o el que más necesitemos en el momento”, machachó Coudet durante su primer speech.
La última oración, elocuente: los contextos también son parte del todo. Y la primera versión de una nueva etapa, especialmente una que inicia luego del traspié del técnico más ganador de la historia de River, tiene que estar a la altura anímica y futbolística de las circunstancias. En términos del Chacho, no se trata de “un cumpleaños” sino de un momento en el que River está obligado a resignificarse. A reiniciar.
Enfrente, un rival durísimo
Pero el desafío será arduo. Un Huracán que jugará con su público -con aforo reducido tras el acuerdo con el GCBA ante la medida de que fuera sin presencia de hinchas- y que en este torneo ha mostrado tanta irregularidad como potencia en ataque. Que en Jordy Caicedo halló al 9 revelación, afilado.
Coudet en pleno entrenamiento (Prensa River).
Que tiene a un Leonardo Gil que maneja todo y suele imponerse en el medio (allí en donde a River a veces le cuesta plantarse) y a un Diego Martínez que -con un recorrido mayor en el fútbol de Primera que lo curtió- ha demostrado ser sabio para plantear esta clase de partidos.
A eso también deberá hacerle frente este nuevo River. Uno que tiene algo en común con el antiguo deté: si algo entusiasma es la presencia de Coudet. Enérgico, aquel volante por derecha natural con facilidad para el gol que era capaz de tirar rabonas y festejar con mortales adelante sus conquistas, el que se platinaba, el que irradiaba una buena vibra, está más serio pero sin perder su esencia.
Tanto es así que quienes transitan el día a día en Ezeiza hablan de un cambio de sensaciones. Uno que tendrá que refrendarse dentro del césped del Tomás Adolfo Ducó antes de volver al Monumental el domingo.
Pero para eso falta mucho. Especialmente 90 minutos en los que River va por el reset: tiene un Chacho de fe.
